Se sonrojan las delicadas damas del palco. Los altos balcones se tensan ante los cuerpos que se asoman. La emperatriz Teodora pese a la ansiedad que le provoca la escena final, se mantiene con todo esfuerzo sentada. Con unos pequeños binoculares observa conmovida.
Pero algo extraordinario ocurre, el actor por unos instantes parece olvidar su papel y gira su cabeza hacia lo alto del público. Como un gladiador desafiante la observa a ella, ambas miradas se encuentran en lo que debía ser la escena final, "imposible" se dice la emperatriz llevándose una mano hasta su pecho, imposible que pueda verme desde tanta distancia, imposible, (sabia ella por el relato de varios actores) las luces potentes que se proyectan sobre el escenario hace que un actor no pueda vislumbrar a un espectador mas que como a una sombra.
Entonces la obra se detiene, brevemente, aunque eternamente para la emperatriz Teodora. Ella le adivina al actor un gesto por entre sus binoculares, un gesto secreto, una señal, que ella descifró en él como una humillación silenciosa ¿Será que el actor supo acaso que ni la última pena de su vida le pertenece?
El telón finalmente se cierra, la obra fue excepcional y aunque mantuvo a todo el publico en vilo solo tuvo una respuesta acotada y apagada de aplausos. El publico se retiró en orden con un rictus de desaprobación por entre los pasillos de salida. La emperatriz en cambio se quedó silenciosa sentada hasta que todos los espectadores abandonaron el teatro, dijo en soledad : " Los dioses no le perdonan a los hombres la provocación de adivinarse"
Pero algo extraordinario ocurre, el actor por unos instantes parece olvidar su papel y gira su cabeza hacia lo alto del público. Como un gladiador desafiante la observa a ella, ambas miradas se encuentran en lo que debía ser la escena final, "imposible" se dice la emperatriz llevándose una mano hasta su pecho, imposible que pueda verme desde tanta distancia, imposible, (sabia ella por el relato de varios actores) las luces potentes que se proyectan sobre el escenario hace que un actor no pueda vislumbrar a un espectador mas que como a una sombra.
Entonces la obra se detiene, brevemente, aunque eternamente para la emperatriz Teodora. Ella le adivina al actor un gesto por entre sus binoculares, un gesto secreto, una señal, que ella descifró en él como una humillación silenciosa ¿Será que el actor supo acaso que ni la última pena de su vida le pertenece?
El telón finalmente se cierra, la obra fue excepcional y aunque mantuvo a todo el publico en vilo solo tuvo una respuesta acotada y apagada de aplausos. El publico se retiró en orden con un rictus de desaprobación por entre los pasillos de salida. La emperatriz en cambio se quedó silenciosa sentada hasta que todos los espectadores abandonaron el teatro, dijo en soledad : " Los dioses no le perdonan a los hombres la provocación de adivinarse"

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