Se lleva al muerto con manos seguras. Más adelante se levantan los primeros velos de la tierra y se resquebrajan amontonándose bajo las uñas torpes de las palas. Las manos mercenarias que las mueven se detienen ante la mirada preocupada de todos. Es que el cajón funerario es puesto cerca del foso y se deja oír el primer sonido para ellos. El sonido no regresa y las palas recomienzan con un esfuerzo doblegado por el descanso. La tierra se vuelve pegajosa y los sepultureros muy hábiles contra ella luchan con sus palas y botas. El sonido se da otra vez y los presentes mantienen como un suspiro débil la esperanza de que esta vez no haya sido escuchado, que por el paleo incesante y el chapoteo de los trabajos haya quedado cubierto. Sin embargo los sepultureros se detuvieron otra vez, alguien de los presentes tose fingidamente. Otro de ellos mira nervioso aquel cielo cargado de nubes oscuras para denotar apremio a los trabajadores.
–No lo haremos—dijo tranquilo uno de los sepultureros apoyándose en el borde del foso –no enterraremos a un hombre que no se interesa en estarse muerto.
–¡De ninguna forma!—dice enojado el otro sepulturero.
–Está muerto—aclara uno de los conocidos del difunto –quizás no de la forma habitual, pero ya está irremediablemente muerto.
–No enterraremos a alguien que habla– Se niega otra vez el sepulturero.
–Habla sólo del pasado… de cuando estaba vivo, no le haga caso—murmura otro de los conocidos del muerto.
–¡Entonces hágalo usted!—el segundo sepulturero más impulsivo y nervioso que el primero, le ofrece con una rabia contenida su pala llena de una tierra pegajosa. El conocido del muerto baja la cabeza y la rechaza con una mano preocupada por la culpa.
–A nosotros no nos pagan por enterrar a los vivos. No lo vamos a hacer—dijo resuelto el primer sepulturero y comenzó a sacarse el barro de las botas con la punta de la pala.
–Si quieren, vayan ustedes a quejarse con el director del cementerio—el segundo sepulturero increpaba nervioso a todos los presentes mirándolos a la cara. –que en ese caso nosotros también tendremos que hablar con el sindicato.
Después de decir esto, clavó su pala indignada en la tierra recién sacada y fue el primero en alejarse de aquel lugar.
Los cercanos al difunto comenzaron a murmurar con gestos de justificación o de condena hacia los trabajadores. Luego uno de ellos que hasta entonces no había hablado levantó la voz hacia todos: –¡Le pagaremos diez veces más de lo que les paga el cementerio! Juntaremos entre los que estamos aquí el dinero—ya con un tono de voz más reservado –Sólo queremos que esto termine de una vez.
El primer sepulturero más tranquilo al hablar que el segundo, se tomó un largo respiro y sin mirar a aquellos desconocidos que esperaban su respuesta, intentó por un momento dilucidar aquellas palabras que brotaban imperceptibles dentro del ataúd. Ante la súplica de los familiares su actitud se volvió orgullosa y perezosa. Levantó la vista y los miró fijamente a la cara con repentinos aires de superioridad. Unas mujeres lloraban sobre una mano y algunas viejas no podían evitar hacer comentarios en voz alta para llamar la atención, algunos jóvenes, que seguramente venían por primera vez a un entierro, se ponían adelante para verlo todo, aunque entumecidos de miedo y torpeza.
–Ya hemos dicho que no lo haremos. Si quieren hacerlo háganlo ustedes.
El primer sepulturero clava también la pala y se aleja con el ruido de esas botas que le iban grandes.
Todos los presentes se miran y comienzan a hablar entre ellos, los jóvenes investigan las tumbas cercanas o se acercan al cajón que aún está al borde del foso para tratar de escuchar algo, el muerto habla sólo de su pasado y se alejan aburridos. Una garúa se comenzó a desbandar de ese cielo compacto de grises. Bajo esa delgada tela de agua comenzaron a aparecer los primeros desertores. Ante aquella situación tan desagradable corrían a sus autos o en busca de algún refugio fuera del cementerio. Los que aún quedaban, aquellos más cercanos al muerto, los que lo habían traído con manos seguras se movían ahora torpes hasta el fondo de ese foso a medio hacer. No había forma de evitar que el muerto siguiera hablando, no pudieron evitar que el lodo se les metiera por entre sus zapatos de vestir, que las rodillas se les empantanaran, no pudieron evitar masticar puteadas y largar maldiciones en el traqueteo de ese cajón roñoso.
Todo aquello ya no quería ser un rito solemne y sagrado sino más bien una abominación desgraciada. El papel con las últimas palabras que debían ser pronunciadas durante el entierro, se cayó en la tierra mojada sin preocupar a nadie. Por unos instantes se miraron entre sí aquellos pocos presentes, por suerte la garúa se hizo más pesada para perder los problemáticos murmullos del muerto, no lo miraron siquiera. Uno de ellos escupió de rabia el piso o tal vez porque le había entrado algo de barro a la boca. Todo aquello ya les hastiaba y se unieron sin decir nada en aquella carrera.
El muerto quedó ahí, sin cubrir siquiera y hablando.
El muerto quedó ahí, sin cubrir siquiera y hablando.

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