La momia



Se llamaba Meyer Amschel Amudsen, era un caballero empresario y dueño del banco más poderoso del mundo: "La Banca internacional  Amudsen " Hijo de una viuda de inmensa fortuna tomó las responsabilidades de su familia cuando apenas tenía dieciséis años. Las invasiones napoleónicas sobre Europa lo pusieron en el centro de la escena. Convenció hábilmente a sus pares de que la victoria estaba en manos de Napoleón, no le fue difícil, nadie en ese entonces podía dudar de aquello. Pero luego llamativamente Meyer hizo todo lo contrario y puso absolutamente todo su capital en ayudar a Inglaterra, se hizo cargo por completo del ejército de Wellington que luchaba contra Napoleón en España. Al terminar la guerra con la victoria aliada sobre Napoleón, Amudsen se encontró con que era el banquero más rico y apreciado del mundo.
Su obsesión por el orden y el dinero fue creciendo día a día hasta encontrarse así mismo en los umbrales de una vejez que estaba más cerca de la de un dios que la de un hombre. Dueño de todo lo que quisiese en un mundo de miseria y violencia, decidía cotidianamente una declaración de guerra de un pueblo contra otro o una declaración de paz.
Una noche al regresar de su trabajo (si es que alguna vez lo abandonaba)  notó que al bajar de su auto todo se iba borroneando, destiñendo bajo unas nieblas desconocidas. Aquel mal se iba repitiendo todas las noches, amplificándose, como si unas delgadísimas gasas de seda fuesen colocadas unas sobre otras, noche tras noche. El señor Meyer ya casi no podía ver las líneas de su mano. Ya con todos los resultados de los estudios, el médico de la familia tuvo el coraje de informarle al señor Meyer Amudsen que padecía un mal progresivo, muy poco conocido, que le iría quitando la vista y solo en unos meses quedaría irremisiblemente ciego. El señor Meyer que era un hombre de genio y orgullo se promete al instante vencer o burlar aquella oscuridad invasiva. Para eso el encontró una de las mejores estrategias que tiene la naturaleza para vencer a la naturaleza: la rutina.
Impulsó entonces la rutina a un nivel de corrección más alto aun que la usada por los muertos o los mismos dioses. Jamás le contó su mal incurable a nadie e hizo matar accidentalmente a su equipo de médicos. Luego comenzó a dar instrucciones explicitas a todo su círculo intimo de asesores, colaboradores y sirvientes para mantener el más estricto orden. Las cosas jamás debían cambiar su posición en el mundo. Cientos de miles de empleados comenzaron entonces a trabajar todos los días, en todo el mundo bajo esas instrucciones inconfesables.
Con el correr de los meses el señor Meyer había memorizado y ensayado a la perfección las distancias exactas de toda su rutina. Ya en su casa o en su oficina todo se fue dando en una normalidad tal que nadie sospechó jamás que el señor Meyer ya estaba completamente ciego.
Ya solucionado el problema. comenzó a tratarse inútilmente su enfermedad con un nuevo circulo privado de médicos, los mejores del mundo. Los resultados decían que el mal iba avanzando alarmantemente por todo su cerebro. No había mucho por hacer, todo los sentidos comenzarían a abandonarlo en tan solo unos meses.
El señor Meyer Amudsen comienza a profundizar su estrategia: distraer a la muerte con una línea de muertes cercanas. Ordena otra vez asesinar "accidentalmente" a su círculo de médicos y los reemplaza por un circulo de los mejores embalsamadores y taxidermistas del mundo.
 Planifica y ensaya obsesivo su "muerte viva" con sus sirvientes de mayor confianza, se hace llevar y traer desde su casa hasta la oficina como todos los días, con la mayor precisión. Graba cientos de conversaciones telefónicas y da entrenamiento especifico a sus dobles para que lo reemplacen en posibles situaciones extraordinarias. Luego deja órdenes a sus empleados cercanos de matar "accidentalmente" a sus dobles cada dos años y conseguir nuevos reemplazantes para que tomen ese puesto. El entrenamiento a sus dobles era preciso en cada detalle como lo era también el mismo Amudsen.
De forma agrede, el señor Meyer hizo con el correr de los meses que su empresa universal estuviese sembrada de competencia y desconfianza constante. El fin era que siempre un empleado tenga bien en claro su deber y tenga bien en claro de matar en algún momento a quien se lo ha enseñado.
Toda su empresa debía mantener una rutina de guerra y conspiración global. Solo así el señor Meyer podría mantener siempre para sí los dos síntomas inherentes de la vida, como lo son el poder y la necesidad. El señor Meyer Amudsen genio o idiota, era dueño de la organización más grande del planeta y con la sola misión de mantener para siempre su poder, su vida y su orgullo.
 Los reinos, las revoluciones que los derrocan y también las contrarrevoluciones que derrocan a las primeras, son políticas planificadas minuciosamente por La Banca internacional Amudsen bajo la mano poderosa y omnipresente de sus otras compañías: La Compañía transatlántica de electricidad Amudsen, La Compañía ferroviaria Amudsen, la Compañía de correos Amudsen. Compañías de ingeniería, de telégrafos, de periódicos, etc.
El señor Meyer Amudsen ya se había muerto quien sabe hace cuanto tiempo y nadie lo sabía.
Les dejo al final otro dato curioso:  En la sección bursátil del diario "Freie Presse", prensa diaria regional de la antigua RDA, salió un informe sobre el Banco internacional Amudsen con fecha del 12 de abril. Cuenta solo como dato relevante que su gerente, el longevo Meyer Amudsen de 245 años de edad estuvo a cargo de la apertura de la Bolsa en la ciudad  de Fráncfort. Parece ser que la palabra longevo no gustó a la banca, pues ya saben que esta semana la redacción del diario "Freie Presse" sufrió una explosión accidental por una fuga de gas. No hubo sobrevivientes.





La alquimista




Estaba a salvo en la muerte hasta que viniste a buscarme ¿tengo que pertenecerte acaso? Tienes la incertidumbre en el andar, tiemblas ante la cara del espanto, duermes en la ignorancia y la pereza ¿Acaso te crees digno de llevarme a la vida?
Aun así te recuerdo en mi último atardecer, como niño presenciaste cuando los arboles callaron. Me señalaron como alquimista, me condenaron a morir como una bruja. La madera se apiló aun verde sobre el centro del pueblo. Nunca habías visto antes estos preparativos y encandilado me viste avanzar entre esa muchedumbre expectante.
Así como las bestias, los hombres nacen de la misma forma y así como las bestias los hombres abandonan su cuerpo. Saben también los sacerdotes que las hogueras huelen igual a la carne asada de las bestias que ellos comen y eso perturba el apetito de los novatos por algunos días. Lo que nunca se acostumbra el alma en estos autos de fé es al parecido perturbador entre el grito del hombre y el de la bestia en el momento del sacrificio.
Cuéntame ahora hombre de la aurora, cuando las aves trinaban ausencias rumbo al sur. Las partes que no fueron quemadas tu las conservaste supersticiosamente, sabiamente, por que los restos de mi cuerpo abrasado están marcados aun con tu presencia y tu misión sobre la mía. Me viste avanzar digna, joven, poderosa en mi silencio mientras mi piel tocaba la del dios abrasador. El fuego, terrible es el fuego (aquel dios es tan parecido a los hombres que hasta también respira) No se detuvo, me comió mi aliento con el suyo. Aspiro todo el aire y exhalo un veneno que atonta la conciencia parar salvarla de tanto dolor ¡Bruja no soy! ¡alquimia soy! los inquisidores me han convertido en oro y no lo supieron





Los Vishnudutas




En la penumbra sostiene la lámpara vacía. No hay calor ni luz que no fuera sus ojos y su aliento, expectante sostiene el silencio para poder entender lo que sucede, siente que el frio le entumece los pies y avanza en un paso cíclico que va de atrás hacia adelante y de izquierda a derecha. Sostiene el aire en los pulmones y camina al fin decidida hasta donde duerme la anciana. se acerca hasta su catre y se detiene a contemplarse el rostro. pareciese querer proteger instintivamente una llama frágil. la niña esta incomoda ante lo que puede suceder en cualquier momento, como si de alguna forma nunca hubiese podido acostumbrarse. La oscuridad, contrario a lo que le ocurre a otros niños, la protege, la hace invisible, la hace intima con las formas de lo que duerme vivo y lo que duerme muerto. Un puente emerge hacia los otros, entonces la conocen y ella los imagina desde adentro y los comprende o por lo menos ella así lo piensa. Ella tiene la singular tendencia de no poder dormir y los visita con su lámpara inútil.
Parece un fantasma, acomete como uno, pero la diferencia está en que ella lo hace con un pequeño cuerpo vivo y sagrado. el secreto es que el nombre de Narayan la moviliza. "Rama, Rama" susurra a la anciana que se está ya por morir. "Rama, Rama" y se atreve a posarle una mano en el hombro. la anciana abre los ojos y la entiende con mucho esfuerzo en lo oscuro de la habitación, descifra con espanto su muerte y se entumece. Se resiste pese a que su paso por este mundo fue miserable. intenta escabullírsele a esa calambre como una anguila intenta zafársele a unas manos poderosa. "Rama, Rama". La niña intenta calmar aquel convulsionado final "Rama, Rama" la anciana cede, imposible no ceder ante la cautivante voz, aquel nombre la cubre de un frio de cien mil noches, la anciana está agotada y nueva, como si emergiera de un rio donde ha nadado siempre, mil vidas "Rama, Rama" los músculos se sueltan, la boca se abre en agradecimientos y las lagrimas y los bellos erizados también caen. "Rama, Rama". La anciana ya muere para ser otra cosa y la niña entonces vuelve a tomar su lámpara y sopla sobre ella, como si una lumbre inconcebible allí estuviera, entonces todo el lugar comienza a parpadear luz, destellos de claridad salieron de esa lámpara por unos instantes. En un segundo intento la niña sopla de forma sostenida aquella llama imperceptible y entonces la luz lo ocupa todo. Como si una vela de oscuridad se hubiera apagado.



Jairo habla


Nadie alcanzó a ver nada, pero entre la multitud el Rabí pregunto con voz fuerte "¡Quien me ha tocado!"
¿Quería ese maestro saber quien lo había tocado, caminando él en medio de tanta gente? No tenía sentido esa pregunta, pero al tiempo, una mujer llena de miedo se postró a sus pies. Al parecer ella se había curado de algún mal tocando solo el borde de sus ropas. Mientras observaba fascinado aquel milagro un rostro conocido se me acerca, toca mi hombro y me dice al oído: "Ya no hace falta que molestes al maestro". Era la noticia más dolorosa, todo era tarde, mi hija convaleciente desde hacía ya algunas semanas acababa de fallecer en mi casa.
Las escaleras de piedra que subían al templo de mis antepasados ya no podían, subían hacia una ruina. Todo refugio se convirtió en ruina ante el nuevo dolor ¿Cómo salir a buscar un lugar entre los sepulcros en plena primavera? ¿Cómo se puede morir en un día soleado con tan solo 9 años?
Los espacios simulan estar unidos bajo la música del creador. Pero cuando Él calla todo el mundo se desmigaja como una casa de arena. En esa tarde esperanzada en que conocí al maestro me llegó la peor noticia, te desmoronaste antes que el mundo y me dejaste solo en él, moriste ¿Por qué el creador dejó de cantar tu canción? Mi pecado y mi culpa desgarraron las ropas de mi pecho y caí pesado a tierra. Creo que grité con el polvo en la boca: Los arboles se hacen oír cuando se juntan con el viento, los labios se hacer oír cuando se juntan con el aliento, las manos se hacen sentir cuando se juntan con el alma. Hija... ¿de qué me sirven ahora tus manos?
El maestro se acercó junto a tres hombres y me pidió que calmara mi dolor, que debía creer. Todo era confuso y solo la duda comenzó a agolparse dentro de mi cabeza.
Me recuerdo caminando hacia mi casa, había gente, gente conocida y desconocida que tocaban flautas, otros lloraban, me abrí paso de los que querían consolarme. Llegamos a donde estaba mi hija.
"No está muerta, está dormida" dijo el maestro y muchos comenzaron a burlarse de él con desprecio. Los que hace unos momentos nos simulaban empatía y hasta dolor sacaron a la luz su verdadero rostro falso. Creían en un dios pero no creían en su música. Los eche de mi casa.
Solo quedamos el maestro, mi esposa, mi hija y yo. El maestro me dijo la primera vez que debía creer, pero la duda ya estaba carcomiéndome. El maestro dijo ahora con autoridad: "Talita Cumi", que traducido es: Niña, a ti te digo , levántate.
En ese momento eterno, mi mujer que estaba a un lado pensó en voz alta: Ya es muy tarde, mi pequeña debe de tener hambre.
Entonces mi hija que antes estaba muerta tomó la mano del maestro y se levantó de la cama para caminar por la casa.

Apelaciones


Una mujer ha sido acusada y traída a la rastra por unos soldados. Su condena es lo mas predecible del día. Se la sentencia a morir ahorcada y se ejecuta el tramite esa misma tarde.
La cobardía de los hombres proviene de la naturaleza del cuerpo, se justifica en que el cuerpo puede morir eternamente en cualquier momento.
La valentía de los hombres proviene de la naturaleza del alma, se justifica en que ella puede vivir eternamente en cualquier momento.
La ahorcada se mueve en la conciencia de los jueces . Esa miseria que antes los relajaba de asco, esa juventud que antes los incomodaba decrépitos, esa ignorancia que antes los molestaba como suele hacerlo la sola presencia de las bestias bajo las mesas de los banquetes. Pero todo eso ahora se les presentaba alto y bello al borde de la vigilia y la cordura, como si la ahorcada tuviera ahora un poder inconmensurable que mantenía sus vidas solo con la mirada.
¡Quién diría! Los jueces tenían tanto miedo, acalambrados en los sueños la veían acercarse y ellos tan pequeños, tan insignificantes ahora, que la ahorcada no hizo más que pestañear para que aquellos señores ya no despertasen jamás.

Un padre

Servicio de Terapia Intensiva. Hospital Eva Perón de Merlo, año 1965.
Desde siempre aquí junto a mi niña, agonizante me mira como si temiera que no estuviese en donde siempre, allí donde el tiempo es para mí y quizás para todos, junto a la persona que uno ama. Ella se muere, la fiebre es tan grande a veces que su espíritu pareciera salírsele por los ojos. Apoyo el revés de mi mano en su mejilla ardiente y ella se aferra para luego volver a su inconsciencia. Lo hace cautelosa, con unas manos desconfiadas, como ese ciego que acaba de descubrir su carencia e intenta tocarlo todo.
En las noches me siento al borde de su cama, mi niña me sonríe e inevitablemente yo también lo hago aunque me siento llorar como nunca en algún universo más posible. En esas noches su fiebre llega a picos de más de cuarenta grados. La enfermera es una de las peores intromisiones, como si yo no estuviese entra a cambiarla y le aplica nuevos sueros. Siempre observé de mal modo sus apariciones, sin siquiera llamar a la puerta, pareciese que desconfiara de mi o tal vez me odie.
Siempre quise sacar a mi hija de este extraño hospital, llevarla al bosque, allí sanaría o moriría pero sería en el bosque que ella tanto sueña. Mi niña me lo propuso una vez y me señaló un cuadro, el único en la habitación donde un bosque nace de un crepúsculo. Yo nunca había visto un bosque y le dije que también quería vivir o morir en uno de esos. Después de oírme me miró de forma extraña y me obligó a prometerlo... Le prometí que la llevaría a ese bosque pero sé que realmente nunca lo haré, porque temo a lo que hay detrás de la puerta. Tengo la certeza de que si la traspaso no veré a mi hija nunca más.
En las noches –mi noche perpetua- me detengo a observar el cuadro de la pared mientras ella duerme intranquila en mi pecho. Me pregunto cómo es que nunca he visto otro cuadro, otra cama, otra habitación ¿Cómo es que mi memoria se reduce a estas cuatro paredes de hospital y a todo lo que entra y sale por ellas? Todo comienza a girar como si fuera víctima de la fiebre que atormenta a mi niña, como si hubiera descubierto algo que no me es conveniente descubrir ¿Cómo es posible que no haya visto más de cinco personas en toda mi vida? Doctores, enfermeras y la niña que duerme condenada a mi lado. ¿Cómo es posible que conozca los recuerdos de ella como si fueran míos? Sus recuerdos son mi único pasado ya que mi vida se resume a unas pocas noches a su lado. Yo solo le prometo que algún día se curará. Le prometo que algún día la sacaré de este lugar. Pero el día no existe para mí, tampoco otro lugar. Mi universo infinito se da en este cuarto de hospital como para otros se da en un planeta .
Cuando el sol entra por los resquicios que deja la cortina, ya no recuerdo que es de mí, ni que soy, que hago ni donde estoy. Solo a la noche me siento al borde de su cama y ella llora, ríe de emoción y logra abrazarme con todas sus fuerzas. Hablamos de sueños, de cuando sanará y la llevaré al bosque con sus lagos y en mi ilusión, en su ilusión, me veo reflejado en el agua. Mi imagen siempre es la misma, es la única.
Todo lo que sé es por mi hija que ahora duerme a mi lado consumida por la sed de la fiebre, mi memoria es frágil y se vuela como la ceniza. Sospecho lo que soy pero temo decirlo en voz alta y que algo terrible ocurra, como si un soñador consciente no pudiera ser y fuese quitado de la obra inmediatamente. Soy ilusión e ilusionado. Quisiera que la noche no terminase nunca, quiero estar así, oliendo su pelo, cantarle una canción que nunca escuché pero sé que a ella le gusta... Pero hay veces que quiero hablarle de lo que yo siento, de lo que pienso y cuando sé que no me escucha o cuando el día está por llegar, le hablo de mi tristeza, le hablo como hoy, siempre es hoy ¿Por qué tiene que suceder así? Hoy siempre ocurre lo terrible, siempre hoy, cuando la noche se termina me doy cuenta que no existo y sólo soy la alucinación de una niña que amo y delira en fiebre. La fiebre es mi causa y soy reflejo. Hoy sé que algún día ella sanará o morirá y cuando lo haga yo irremediablemente habré desaparecido.
Se termina la última noche y las sombras no son de día. Nunca veré un bosque a no ser por el cuadro que pende de un clavo oculto. El sol comienza a atravesar la ventana como un sitiador enardecido por la victoria, un hilo de luz da en su rostro.La fiebre desciende como todas las mañanas. Yo desapareceré y mi hija me olvidará.

Romeo habla a Julieta


Has sido tú la justificada imagen por la que la muerte me ha librado un tiempo por la vida. Me recordaste una luna indiferente y la luna me recordó mirándola contigo y toda esa efigie inmensa acabo por resurgir como lo único que ha dejado aquel ojo del cielo. Ningún otro recuerdo más que aquellas dos ausentes me han dejado de ese sueño que llaman vida.
Regresé a aquella tierra olvidada y profané aquel jardín prohibido buscando mis restos, pero te encontré durmiendo sobre la piedra. Sentí tu piel tan tensa y fría como la de un espejo, tan pálida que parecía tener brillo propio. Pero estabas distante, quieta, hermosa, muerta y no lo comprendí sino cuando arrodillada como yo, acariciaste tu cadáver que parecía mirarnos y comprenderlo todo.

Lugares


Los secretos más vislumbrantes del alma toman forma en una anónima joven que va rumbo a su trabajo. Una de sus tareas como secretaria del abogado Leopoldo Benítez es la de comprarle el diario "El Día" todas las mañanas de camino a la oficina, aunque se tiene permitido tomar para ella las secciones de fúnebres, cocina y clasificados. Nadie sospecha la pasión interminable que la lleva a leer en su tedio cotidiano cada aviso, cada receta culinaria, cada oferta y demanda, cada muerte.
Aquella mañana ocupó una pequeña parte del clasificado el aviso de una habitación buscando una muerte. Jamás, ni en los segundos siguientes ni en los días que precedieron le pareció ridículo este aviso clasificado, sino todo lo contrario. Los lugares como dioses, testigos expectantes siempre de los destinos que llevan hacia ellos los seres con sangre. En este momento siguiendo una herencia de vidas y muertes desconocidas... Este recuerdo se le daba a contemplar una vez más.
En esa pequeña viñeta del diario "El Día", perdida entre otros cientos y miles de obreros, prostitutas, máquinas, muebles e inmuebles. La espera paciente de los espacios para que ocurra lo que debe ocurrir sobre ellos en el siempre trágico final de las criaturas. Ese aviso clasificado había perturbado de manera feroz a la joven anónima que ya nunca más dejo de visitar a la salida de su trabajo aquella calle, aquella casa, aquella puerta ciega que con una fuerza incontrolable en el pecho la arrastraba como a un autómata, aunque jamás fue tan poderosa como para hacerla llamar al otro lado.
El aviso solo una vez había sido y ya jamás ocupó un espacio en ese diario ni en ningún otro. El miedo de que ese puesto ofrecido ya hubiese sido ocupado por otro la torturaba día y noche. Sin embargo en las siguientes publicaciones, algunas frases dispersas comenzaron a leerse misteriosas sobre los clasificados, por ejemplo:
“El espejo será de un color que jamás hayas visto, las formas te serán desconocidas”.
O estas otras:
“Sumerge tu mano para la obra que se desconoce y palpa el rostro oculto que jamás se te ha de revelar”
“Siéntate con los muertos y pídeles el nombre de aquel que te ha visto una vez, cuando eras”
“Como será la que te encuentre dormida entre ilusiones que siempre se entretejen, siempre así mismas. La palabra te llama a despertar y concretar lo encomendado”.
Cuando la joven ya no esperaba nada y el tedio habitual de la rutina comenzaba a cubrirla nuevamente. Una mañana, una igual a todas, los clasificados del diario "El Día" publicaron el aviso, ese mismo aviso primero. Textual decía:
“Se necesita persona, preferentemente joven para el abandono inmediato de su vida en el domicilio de la calle 72, entre 10 y 11. La Plata. Acudir con la herramienta para dar muerte, b/ presencia. Viernes 19 hs. Puntual”.
Nadie había tomado el puesto, ella era la persona que debía llevar su vida y su muerte hacia aquella puerta que tanto respiró entre sueños. Tomó la calle 72 y siguió por la vereda sin nombre, completó otro recorrido hasta la puerta ciega que la esperaba otra vez, se camina el último circulo que la llevaba desde hace un tiempo, allí ella moriría. Esa última tarde, donde siempre es grato morir.
La sala era tenue, amueblada con síntomas de que un grave silencio la habitó por mucho, mucho tiempo. La mano que le dio paso -sospechó- era aquella que redactó el aviso en el diario y la que ahora se prestaba a darle asiento, luego esa mano desaparece para siempre. Completa la obra esa criatura que ofrece su vientre hacia un cortaplumas frío. En sangre tibia, la mano no es aquella presurosa que acudía a la puerta para recibirla y darle paso, sino la misma que tocó a ella.

El niño


Con mas vida que la muerte se me presentó en mi último suspiro
“--¿Cómo puedes estar aquí niño?” El no me escuché, la vida tampoco y se mantuvo indiferente con él, en una pose que tantas veces he visto.
Una mugre avanzaba desde sus pies desnudos y una mucosidad vieja ascendía y descendía por su nariz. Su mano derecha mantenía en el aire una pluma que asignaba a que lado tendría que ir el viento. Estaba feliz y esperaba algo.
Una bandada de pájaros torpes comenzaron a interrumpir la luz y el niño como una estatua que continua un movimiento petrificado en siglos, comenzó a correr sobre las sombras que la gravedad parecía traer de las aves.
Ese niño era yo y ambos lo sabíamos, lo sé. De niño recuerdo haber visto en esas correrías de plumas y sombras a un hombre que no sé por que locura o capricho insistía en revelarme que era yo mismo deformado por el tiempo, como si un viento hubiese desgastado, cortajeado y abatido al barro original.
“-¡Cómo puede ser!- me pregunté al niño “-¡Cómo puede ser que estemos los dos mirándonos bajo un mismo sol, como una misma alma puede estar en dos cuerpos en el mismo espacio y tiempo!
El niño despectivamente me contesté: - Tú ya no tienes alma viejo.

Horario de visitas


El hospital no lo es todo a pesar de tantos años, el olor a sabanas revueltas y de terribles desinfectantes, los ruidos del sueño, de la ilusión y la ignorancia vienen por todos los pasillos. La sala se muestra en ventanas altas y la locura se observa por ellas como un fuego que danza y se mira.
Sin embargo, un sueño intranquilo se contempla sobre el catre numero 3, un ser anónimo llora con un nombre entre los labios, los fantasmas emergen de antiguas puertas y giran en torno a él para escuchar aquel nombre que habían olvidado y olvidarán, por fin se los ve callados y se prometen con ojos expectantes darle paso a aquel nombre borroso. Pero aún es otra hora...
Empieza a oscurecer, enfermeras que ya no arrastran pasos, los quejidos se hacen de otra autoridad entre el silencio, dolencias que se duermen en ronquidos y vociferaciones de otro lado, catres para enfermos y en uno alguien sueña un nombre.
El horario de visitas en el hospital es de tres a cinco de la tarde y se es muy estricto, nadie puede entrar fuera de ese horario. Pero tú te entrelazarás entre las madreselvas que muerden los muros, mudarás invisible por entre las puertas, se harán los silencios en cuanto avance el protector de alas nocturnas, se hará una luz entre el ocaso y podrás hacer una visita al mundo de los encarnados. Visitarás el sueño del catre numero 3 que te nombra entre tu ausencia. Tocarás entonces su rostro gastado en un mundo extraño y te irás en esa caricia.
El internado numero 3 despierta con una certeza, te ve para siempre y muere al fin.

El Entierro

Se lleva al muerto con manos seguras. Más adelante se levantan los primeros velos de la tierra y se resquebrajan amontonándose bajo las uñas torpes de las palas. Las manos mercenarias que las mueven se detienen ante la mirada preocupada de todos. Es que el cajón funerario es puesto cerca del foso y se deja oír el primer sonido para ellos. El sonido no regresa y las palas recomienzan con un esfuerzo doblegado por el descanso. La tierra se vuelve pegajosa y los sepultureros muy hábiles contra ella luchan con sus palas y botas. El sonido se da otra vez y los presentes mantienen como un suspiro débil la esperanza de que esta vez no haya sido escuchado, que por el paleo incesante y el chapoteo de los trabajos haya quedado cubierto. Sin embargo los sepultureros se detuvieron otra vez, alguien de los presentes tose fingidamente. Otro de ellos mira nervioso aquel cielo cargado de nubes oscuras para denotar apremio a los trabajadores.
–No lo haremos—dijo tranquilo uno de los sepultureros apoyándose en el borde del foso –no enterraremos a un hombre que no se interesa en estarse muerto.
–¡De ninguna forma!—dice enojado el otro sepulturero.
–Está muerto—aclara uno de los conocidos del difunto –quizás no de la forma habitual, pero ya está irremediablemente muerto.
–No enterraremos a alguien que habla– Se niega otra vez el sepulturero.
–Habla sólo del pasado… de cuando estaba vivo, no le haga caso—murmura otro de los conocidos del muerto.
–¡Entonces hágalo usted!—el segundo sepulturero más impulsivo y nervioso que el primero, le ofrece con una rabia contenida su pala llena de una tierra pegajosa. El conocido del muerto baja la cabeza y la rechaza con una mano preocupada por la culpa.
–A nosotros no nos pagan por enterrar a los vivos. No lo vamos a hacer—dijo resuelto el primer sepulturero y comenzó a sacarse el barro de las botas con la punta de la pala.
–Si quieren, vayan ustedes a quejarse con el director del cementerio—el segundo sepulturero increpaba nervioso a todos los presentes mirándolos a la cara. –que en ese caso nosotros también tendremos que hablar con el sindicato.
Después de decir esto, clavó su pala indignada en la tierra recién sacada y fue el primero en alejarse de aquel lugar.
Los cercanos al difunto comenzaron a murmurar con gestos de justificación o de condena hacia los trabajadores. Luego uno de ellos que hasta entonces no había hablado levantó la voz hacia todos: –¡Le pagaremos diez veces más de lo que les paga el cementerio! Juntaremos entre los que estamos aquí el dinero—ya con un tono de voz más reservado –Sólo queremos que esto termine de una vez.
El primer sepulturero más tranquilo al hablar que el segundo, se tomó un largo respiro y sin mirar a aquellos desconocidos que esperaban su respuesta, intentó por un momento dilucidar aquellas palabras que brotaban imperceptibles dentro del ataúd. Ante la súplica de los familiares su actitud se volvió orgullosa y perezosa. Levantó la vista y los miró fijamente a la cara con repentinos aires de superioridad. Unas mujeres lloraban sobre una mano y algunas viejas no podían evitar hacer comentarios en voz alta para llamar la atención, algunos jóvenes, que seguramente venían por primera vez a un entierro, se ponían adelante para verlo todo, aunque entumecidos de miedo y torpeza.
–Ya hemos dicho que no lo haremos. Si quieren hacerlo háganlo ustedes.
El primer sepulturero clava también la pala y se aleja con el ruido de esas botas que le iban grandes.
Todos los presentes se miran y comienzan a hablar entre ellos, los jóvenes investigan las tumbas cercanas o se acercan al cajón que aún está al borde del foso para tratar de escuchar algo, el muerto habla sólo de su pasado y se alejan aburridos. Una garúa se comenzó a desbandar de ese cielo compacto de grises. Bajo esa delgada tela de agua comenzaron a aparecer los primeros desertores. Ante aquella situación tan desagradable corrían a sus autos o en busca de algún refugio fuera del cementerio. Los que aún quedaban, aquellos más cercanos al muerto, los que lo habían traído con manos seguras se movían ahora torpes hasta el fondo de ese foso a medio hacer. No había forma de evitar que el muerto siguiera hablando, no pudieron evitar que el lodo se les metiera por entre sus zapatos de vestir, que las rodillas se les empantanaran, no pudieron evitar masticar puteadas y largar maldiciones en el traqueteo de ese cajón roñoso.
Todo aquello ya no quería ser un rito solemne y sagrado sino más bien una abominación desgraciada. El papel con las últimas palabras que debían ser pronunciadas durante el entierro, se cayó en la tierra mojada sin preocupar a nadie. Por unos instantes se miraron entre sí aquellos pocos presentes, por suerte la garúa se hizo más pesada para perder los problemáticos murmullos del muerto, no lo miraron siquiera. Uno de ellos escupió de rabia el piso o tal vez porque le había entrado algo de barro a la boca. Todo aquello ya les hastiaba y se unieron sin decir nada en aquella carrera.
El muerto quedó ahí, sin cubrir siquiera y hablando.

El espectáculo

Se sonrojan las delicadas damas del palco. Los altos balcones se tensan ante los cuerpos que se asoman. La emperatriz Teodora pese a la ansiedad que le provoca la escena final, se mantiene con todo esfuerzo sentada. Con unos pequeños binoculares observa conmovida.
Pero algo extraordinario ocurre, el actor por unos instantes parece olvidar su papel y gira su cabeza hacia lo alto del público. Como un gladiador desafiante la observa a ella, ambas miradas se encuentran en lo que debía ser la escena final, "imposible" se dice la emperatriz llevándose una mano hasta su pecho, imposible que pueda verme desde tanta distancia, imposible, (sabia ella por el relato de varios actores) las luces potentes que se proyectan sobre el escenario hace que un actor no pueda vislumbrar a un espectador mas que como a una sombra.
Entonces la obra se detiene, brevemente, aunque eternamente para la emperatriz Teodora. Ella le adivina al actor un gesto por entre sus binoculares, un gesto secreto, una señal, que ella descifró en él como una humillación silenciosa ¿Será que el actor supo acaso que ni la última pena de su vida le pertenece?
El telón finalmente se cierra, la obra fue excepcional y aunque mantuvo a todo el publico en vilo solo tuvo una respuesta acotada y apagada de aplausos. El publico se retiró en orden con un rictus de desaprobación por entre los pasillos de salida. La emperatriz en cambio se quedó silenciosa sentada hasta que todos los espectadores abandonaron el teatro, dijo en soledad : " Los dioses no le perdonan a los hombres la provocación de adivinarse"

Los dos gusanos de María Antonieta

Entre las hojas de la mora hubo un hilo trémulo que con paciencia asiática tejió y entretejió un gusano. Es para vestir a una princesa en Francia.
Hoy por Paris otro gusano mas privado será el que le desteja el vestido de carne que abrigo el alma de María Antonieta.

La helada

Huérfana desde los nueve años, mi familia entera murió la misma noche. Pueden buscarlo si quieren en los diarios del 16 de julio de 1996, no en todos, un recuadro irrelevante del diario "Crónica" y una nota grande en un periódico local de Merlo. "La voz de Pontevedra"
Los periodistas tomaron los testimonios de la policía por medio de una llamada telefónica. Los policías tomaron datos de algunos vecinos y de los médicos del hospital Eva Perón. Todo lo que dicen esos periódicos es falso ¿Es que nunca nadie tomó mi testimonio en serio? ¿Yo que estuve allí y presencie todo? Es por eso que resolví jamás hablar de la tragedia hasta este momento.
Sobre la noche del 16 de julio de 1996 cayó sobre los techos de mi barrio una helada como nunca se ha visto, no era una helada blanca, de humedad y cristales. Era una helada invisible. Una helada que no se posaba sobre las cosas sino que las penetraba sinuosa, artera y diestra como una araña en su tejido. Las plantas se desmayaron sin aire, la chatarra que juntamos sobre el día se volvió negra en su totalidad, iba tiznando esta helada invasora todo por el patio hasta llegar a Dieguito, nuestro caballo. Dieguito nunca se acuesta y se echó esa vez de un lado sobre su carro, nunca supe si pudo despertar. Los perros en cambio, acurrucados en un lavarropas viejo que improvisaron como cucha o entre las chapas de un barril de aceite quedaron a salvo. Solo el Cachilo, siempre solitario, eligió dormir en medio de la calle y se agotó desde adentro, lo consumió y se lo llevó tiritando como todos los inviernos que le trajo la vida.
Yo estaba despierta esa noche, mirando en la oscuridad fría donde dormía toda mi familia, atenta estaba hacia el espectáculo siniestro detrás de la ventana. No podía moverme, tenía miedo de despertar a mi hermano más chico que dormía a mi lado, temía que me supiera despierta mi padre y me retara por eso, temía también a la helada novedosa del afuera y creía que por el solo hecho de haberla descubierto fuese atacada también desde mi corazón, que suavemente lo detuviese esa helada como lo estaba haciendo con todos allá afuera.
Recuerdo claramente que me quedé en silencio observándola por entre una cortina rasgada. Acostada como siempre junto a mi hermano más chico en una cama tipo marinera, debajo de nosotros estaban durmiendo mis otros tres hermanos. Como era la mayor, pude elegir la cama de arriba para mí desde el primer día en que la trajimos. Desde allí solía mirar la calle por entre las cortinas roídas, todas mis noches.
Mis padres dormían en una cama matrimonial justo pegada a la nuestra. En algunas de las tantas noches de desvelo me solían asaltar unas ganas terribles de orinar. Pero para llegar al baño tenía que pisar la cama de ellos. Mi padre se enojaba mucho si lograba despertarlo y mi madre también, a ella la enojaba el hecho de que mi padre se enojara. Los reproches y amenazas se hacían largos y mortificantes en la oscuridad, mi madre tan solo se sumaba a ellos con el correr de los minutos o en algunas veces me justificaba y le atribuía a unos parásitos todo mi incurable desvelo.
Sin embargo esa madrugada única nada me contuvo, asqueada de mis propias cavilaciones me senté en la cama y corrí espantada algo de la cortina rasgada. Puse mi mano en el vidrio y sentí ese frío novedoso, negro y desgarrador. El frio que mata el aliento de los seres. No me equivoqué. La helada pareció presentirme, pareció sentir mi mano por entre el delgado cristal. Sintió mi mirada que la revelaba y me atacó como una fiera. Estalló el vidrio en una explosión silenciosa y se permitió esa helada oscura invadirnos como una niebla sucia.
En ese momento, puerilmente me preocupé una vez más por el reproche de mis padres, por haberlos despertado, por haber roto el vidrio con mi impertinente mirada. Pero no fue así, no había despertado a nadie, estaban todos aun muy dormidos, dormidos como el Cachilo en el medio de la calle o como Dieguito dormido sobre la chatarra de su carro. Pobre Diego, si lo hubiera desatado, quizás...
"Monóxido de carbono mata a una familia en Merlo" "Brasero mata a un matrimonio y cuatro chicos.... Nena de nueve años sobrevive". Si leen detenidamente cada palabra de los titulares notaran que están completamente equivocados, ninguno habla de la helada oscura del 16 de julio de 1996.

Penélope habla


Te enhebro en mi aguja fría y doy puntada sobre el tapiz que tantas veces soñé, viajas por otras hebras compañeras u hostiles pero la victoria te dará siempre la bienvenida, por que soy la que teje y me simpatizas.
Tejo y destejo con manos ágiles una gran canción, un himno sagrado, pero los lobos creen que solo es un simple tapiz y esperan para agazaparse apenas lo termine, pero ellos no saben... aquí no solo se está tejiendo un simple tapiz, no solo se están tejiendo las aventuras y desventuras de un héroe, no se entrelazan aqui los hilos de una sola batalla sino que todas ellas y sobre ellas se teje además a un escribiente llamado Homero, al mundo que lo trajo y lo mantiene.
Pero mi pregunta mas secreta tiene que ver con el corazón noble que viene a rescatarme, no es imposible que tú, valiente Ulises conozcas todo esto ¿Hay esperanzas de que vislumbres a mis agujas impacientes sobre ese vientre que te protegió? ¿Conocerás acaso que mi mano compañera te guió en un descenso y ascenso por el averno? No es imposible que sospeches a mis dedos dando sobre Troya el sol y la oscuridad. Siempre hay esperanzas de que por lo menos tú...
Estoy tejiendo el universo y nadie lo sabe.

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