Se llamaba Meyer Amschel Amudsen, era un caballero empresario y dueño del banco más poderoso del mundo: "La Banca internacional Amudsen " Hijo de una viuda de inmensa fortuna tomó las responsabilidades de su familia cuando apenas tenía dieciséis años. Las invasiones napoleónicas sobre Europa lo pusieron en el centro de la escena. Convenció hábilmente a sus pares de que la victoria estaba en manos de Napoleón, no le fue difícil, nadie en ese entonces podía dudar de aquello. Pero luego llamativamente Meyer hizo todo lo contrario y puso absolutamente todo su capital en ayudar a Inglaterra, se hizo cargo por completo del ejército de Wellington que luchaba contra Napoleón en España. Al terminar la guerra con la victoria aliada sobre Napoleón, Amudsen se encontró con que era el banquero más rico y apreciado del mundo.
Su obsesión por el orden y el dinero fue creciendo día a día hasta encontrarse así mismo en los umbrales de una vejez que estaba más cerca de la de un dios que la de un hombre. Dueño de todo lo que quisiese en un mundo de miseria y violencia, decidía cotidianamente una declaración de guerra de un pueblo contra otro o una declaración de paz.
Una noche al regresar de su trabajo (si es que alguna vez lo abandonaba) notó que al bajar de su auto todo se iba borroneando, destiñendo bajo unas nieblas desconocidas. Aquel mal se iba repitiendo todas las noches, amplificándose, como si unas delgadísimas gasas de seda fuesen colocadas unas sobre otras, noche tras noche. El señor Meyer ya casi no podía ver las líneas de su mano. Ya con todos los resultados de los estudios, el médico de la familia tuvo el coraje de informarle al señor Meyer Amudsen que padecía un mal progresivo, muy poco conocido, que le iría quitando la vista y solo en unos meses quedaría irremisiblemente ciego. El señor Meyer que era un hombre de genio y orgullo se promete al instante vencer o burlar aquella oscuridad invasiva. Para eso el encontró una de las mejores estrategias que tiene la naturaleza para vencer a la naturaleza: la rutina.
Impulsó entonces la rutina a un nivel de corrección más alto aun que la usada por los muertos o los mismos dioses. Jamás le contó su mal incurable a nadie e hizo matar accidentalmente a su equipo de médicos. Luego comenzó a dar instrucciones explicitas a todo su círculo intimo de asesores, colaboradores y sirvientes para mantener el más estricto orden. Las cosas jamás debían cambiar su posición en el mundo. Cientos de miles de empleados comenzaron entonces a trabajar todos los días, en todo el mundo bajo esas instrucciones inconfesables.
Con el correr de los meses el señor Meyer había memorizado y ensayado a la perfección las distancias exactas de toda su rutina. Ya en su casa o en su oficina todo se fue dando en una normalidad tal que nadie sospechó jamás que el señor Meyer ya estaba completamente ciego.
Ya solucionado el problema. comenzó a tratarse inútilmente su enfermedad con un nuevo circulo privado de médicos, los mejores del mundo. Los resultados decían que el mal iba avanzando alarmantemente por todo su cerebro. No había mucho por hacer, todo los sentidos comenzarían a abandonarlo en tan solo unos meses.
El señor Meyer Amudsen comienza a profundizar su estrategia: distraer a la muerte con una línea de muertes cercanas. Ordena otra vez asesinar "accidentalmente" a su círculo de médicos y los reemplaza por un circulo de los mejores embalsamadores y taxidermistas del mundo.
Planifica y ensaya obsesivo su "muerte viva" con sus sirvientes de mayor confianza, se hace llevar y traer desde su casa hasta la oficina como todos los días, con la mayor precisión. Graba cientos de conversaciones telefónicas y da entrenamiento especifico a sus dobles para que lo reemplacen en posibles situaciones extraordinarias. Luego deja órdenes a sus empleados cercanos de matar "accidentalmente" a sus dobles cada dos años y conseguir nuevos reemplazantes para que tomen ese puesto. El entrenamiento a sus dobles era preciso en cada detalle como lo era también el mismo Amudsen.
De forma agrede, el señor Meyer hizo con el correr de los meses que su empresa universal estuviese sembrada de competencia y desconfianza constante. El fin era que siempre un empleado tenga bien en claro su deber y tenga bien en claro de matar en algún momento a quien se lo ha enseñado.
Toda su empresa debía mantener una rutina de guerra y conspiración global. Solo así el señor Meyer podría mantener siempre para sí los dos síntomas inherentes de la vida, como lo son el poder y la necesidad. El señor Meyer Amudsen genio o idiota, era dueño de la organización más grande del planeta y con la sola misión de mantener para siempre su poder, su vida y su orgullo.
Los reinos, las revoluciones que los derrocan y también las contrarrevoluciones que derrocan a las primeras, son políticas planificadas minuciosamente por La Banca internacional Amudsen bajo la mano poderosa y omnipresente de sus otras compañías: La Compañía transatlántica de electricidad Amudsen, La Compañía ferroviaria Amudsen, la Compañía de correos Amudsen. Compañías de ingeniería, de telégrafos, de periódicos, etc.
El señor Meyer Amudsen ya se había muerto quien sabe hace cuanto tiempo y nadie lo sabía.
Les dejo al final otro dato curioso: En la sección bursátil del diario "Freie Presse", prensa diaria regional de la antigua RDA, salió un informe sobre el Banco internacional Amudsen con fecha del 12 de abril. Cuenta solo como dato relevante que su gerente, el longevo Meyer Amudsen de 245 años de edad estuvo a cargo de la apertura de la Bolsa en la ciudad de Fráncfort. Parece ser que la palabra longevo no gustó a la banca, pues ya saben que esta semana la redacción del diario "Freie Presse" sufrió una explosión accidental por una fuga de gas. No hubo sobrevivientes.
Su obsesión por el orden y el dinero fue creciendo día a día hasta encontrarse así mismo en los umbrales de una vejez que estaba más cerca de la de un dios que la de un hombre. Dueño de todo lo que quisiese en un mundo de miseria y violencia, decidía cotidianamente una declaración de guerra de un pueblo contra otro o una declaración de paz.
Una noche al regresar de su trabajo (si es que alguna vez lo abandonaba) notó que al bajar de su auto todo se iba borroneando, destiñendo bajo unas nieblas desconocidas. Aquel mal se iba repitiendo todas las noches, amplificándose, como si unas delgadísimas gasas de seda fuesen colocadas unas sobre otras, noche tras noche. El señor Meyer ya casi no podía ver las líneas de su mano. Ya con todos los resultados de los estudios, el médico de la familia tuvo el coraje de informarle al señor Meyer Amudsen que padecía un mal progresivo, muy poco conocido, que le iría quitando la vista y solo en unos meses quedaría irremisiblemente ciego. El señor Meyer que era un hombre de genio y orgullo se promete al instante vencer o burlar aquella oscuridad invasiva. Para eso el encontró una de las mejores estrategias que tiene la naturaleza para vencer a la naturaleza: la rutina.
Impulsó entonces la rutina a un nivel de corrección más alto aun que la usada por los muertos o los mismos dioses. Jamás le contó su mal incurable a nadie e hizo matar accidentalmente a su equipo de médicos. Luego comenzó a dar instrucciones explicitas a todo su círculo intimo de asesores, colaboradores y sirvientes para mantener el más estricto orden. Las cosas jamás debían cambiar su posición en el mundo. Cientos de miles de empleados comenzaron entonces a trabajar todos los días, en todo el mundo bajo esas instrucciones inconfesables.
Con el correr de los meses el señor Meyer había memorizado y ensayado a la perfección las distancias exactas de toda su rutina. Ya en su casa o en su oficina todo se fue dando en una normalidad tal que nadie sospechó jamás que el señor Meyer ya estaba completamente ciego.
Ya solucionado el problema. comenzó a tratarse inútilmente su enfermedad con un nuevo circulo privado de médicos, los mejores del mundo. Los resultados decían que el mal iba avanzando alarmantemente por todo su cerebro. No había mucho por hacer, todo los sentidos comenzarían a abandonarlo en tan solo unos meses.
El señor Meyer Amudsen comienza a profundizar su estrategia: distraer a la muerte con una línea de muertes cercanas. Ordena otra vez asesinar "accidentalmente" a su círculo de médicos y los reemplaza por un circulo de los mejores embalsamadores y taxidermistas del mundo.
Planifica y ensaya obsesivo su "muerte viva" con sus sirvientes de mayor confianza, se hace llevar y traer desde su casa hasta la oficina como todos los días, con la mayor precisión. Graba cientos de conversaciones telefónicas y da entrenamiento especifico a sus dobles para que lo reemplacen en posibles situaciones extraordinarias. Luego deja órdenes a sus empleados cercanos de matar "accidentalmente" a sus dobles cada dos años y conseguir nuevos reemplazantes para que tomen ese puesto. El entrenamiento a sus dobles era preciso en cada detalle como lo era también el mismo Amudsen.
De forma agrede, el señor Meyer hizo con el correr de los meses que su empresa universal estuviese sembrada de competencia y desconfianza constante. El fin era que siempre un empleado tenga bien en claro su deber y tenga bien en claro de matar en algún momento a quien se lo ha enseñado.
Toda su empresa debía mantener una rutina de guerra y conspiración global. Solo así el señor Meyer podría mantener siempre para sí los dos síntomas inherentes de la vida, como lo son el poder y la necesidad. El señor Meyer Amudsen genio o idiota, era dueño de la organización más grande del planeta y con la sola misión de mantener para siempre su poder, su vida y su orgullo.
Los reinos, las revoluciones que los derrocan y también las contrarrevoluciones que derrocan a las primeras, son políticas planificadas minuciosamente por La Banca internacional Amudsen bajo la mano poderosa y omnipresente de sus otras compañías: La Compañía transatlántica de electricidad Amudsen, La Compañía ferroviaria Amudsen, la Compañía de correos Amudsen. Compañías de ingeniería, de telégrafos, de periódicos, etc.
El señor Meyer Amudsen ya se había muerto quien sabe hace cuanto tiempo y nadie lo sabía.
Les dejo al final otro dato curioso: En la sección bursátil del diario "Freie Presse", prensa diaria regional de la antigua RDA, salió un informe sobre el Banco internacional Amudsen con fecha del 12 de abril. Cuenta solo como dato relevante que su gerente, el longevo Meyer Amudsen de 245 años de edad estuvo a cargo de la apertura de la Bolsa en la ciudad de Fráncfort. Parece ser que la palabra longevo no gustó a la banca, pues ya saben que esta semana la redacción del diario "Freie Presse" sufrió una explosión accidental por una fuga de gas. No hubo sobrevivientes.














