Estaba a salvo en la
muerte hasta que viniste a buscarme ¿tengo que pertenecerte acaso? Tienes la
incertidumbre en el andar, tiemblas ante la cara del espanto, duermes en la
ignorancia y la pereza ¿Acaso te crees digno de llevarme a la vida?
Aun así te recuerdo
en mi último atardecer, como niño presenciaste cuando los arboles callaron. Me
señalaron como alquimista, me condenaron a morir como una bruja. La madera se
apiló aun verde sobre el centro del pueblo. Nunca habías visto antes estos
preparativos y encandilado me viste avanzar entre esa muchedumbre expectante.
Así como las bestias,
los hombres nacen de la misma forma y así como las bestias los hombres
abandonan su cuerpo. Saben también los sacerdotes que las hogueras huelen igual
a la carne asada de las bestias que ellos comen y eso perturba el apetito de
los novatos por algunos días. Lo que nunca se acostumbra el alma en estos autos
de fé es al parecido perturbador entre el grito del hombre y el de la bestia en
el momento del sacrificio.
Cuéntame ahora hombre
de la aurora, cuando las aves trinaban ausencias rumbo al sur. Las partes que
no fueron quemadas tu las conservaste supersticiosamente, sabiamente, por que
los restos de mi cuerpo abrasado están marcados aun con tu presencia y tu
misión sobre la mía. Me viste avanzar digna, joven, poderosa en mi silencio
mientras mi piel tocaba la del dios abrasador. El fuego, terrible es el fuego
(aquel dios es tan parecido a los hombres que hasta también respira) No se
detuvo, me comió mi aliento con el suyo. Aspiro todo el aire y exhalo un veneno
que atonta la conciencia parar salvarla de tanto dolor ¡Bruja no soy! ¡alquimia
soy! los inquisidores me han convertido en oro y no lo supieron

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