Jairo habla


Nadie alcanzó a ver nada, pero entre la multitud el Rabí pregunto con voz fuerte "¡Quien me ha tocado!"
¿Quería ese maestro saber quien lo había tocado, caminando él en medio de tanta gente? No tenía sentido esa pregunta, pero al tiempo, una mujer llena de miedo se postró a sus pies. Al parecer ella se había curado de algún mal tocando solo el borde de sus ropas. Mientras observaba fascinado aquel milagro un rostro conocido se me acerca, toca mi hombro y me dice al oído: "Ya no hace falta que molestes al maestro". Era la noticia más dolorosa, todo era tarde, mi hija convaleciente desde hacía ya algunas semanas acababa de fallecer en mi casa.
Las escaleras de piedra que subían al templo de mis antepasados ya no podían, subían hacia una ruina. Todo refugio se convirtió en ruina ante el nuevo dolor ¿Cómo salir a buscar un lugar entre los sepulcros en plena primavera? ¿Cómo se puede morir en un día soleado con tan solo 9 años?
Los espacios simulan estar unidos bajo la música del creador. Pero cuando Él calla todo el mundo se desmigaja como una casa de arena. En esa tarde esperanzada en que conocí al maestro me llegó la peor noticia, te desmoronaste antes que el mundo y me dejaste solo en él, moriste ¿Por qué el creador dejó de cantar tu canción? Mi pecado y mi culpa desgarraron las ropas de mi pecho y caí pesado a tierra. Creo que grité con el polvo en la boca: Los arboles se hacen oír cuando se juntan con el viento, los labios se hacer oír cuando se juntan con el aliento, las manos se hacen sentir cuando se juntan con el alma. Hija... ¿de qué me sirven ahora tus manos?
El maestro se acercó junto a tres hombres y me pidió que calmara mi dolor, que debía creer. Todo era confuso y solo la duda comenzó a agolparse dentro de mi cabeza.
Me recuerdo caminando hacia mi casa, había gente, gente conocida y desconocida que tocaban flautas, otros lloraban, me abrí paso de los que querían consolarme. Llegamos a donde estaba mi hija.
"No está muerta, está dormida" dijo el maestro y muchos comenzaron a burlarse de él con desprecio. Los que hace unos momentos nos simulaban empatía y hasta dolor sacaron a la luz su verdadero rostro falso. Creían en un dios pero no creían en su música. Los eche de mi casa.
Solo quedamos el maestro, mi esposa, mi hija y yo. El maestro me dijo la primera vez que debía creer, pero la duda ya estaba carcomiéndome. El maestro dijo ahora con autoridad: "Talita Cumi", que traducido es: Niña, a ti te digo , levántate.
En ese momento eterno, mi mujer que estaba a un lado pensó en voz alta: Ya es muy tarde, mi pequeña debe de tener hambre.
Entonces mi hija que antes estaba muerta tomó la mano del maestro y se levantó de la cama para caminar por la casa.

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