Lugares


Los secretos más vislumbrantes del alma toman forma en una anónima joven que va rumbo a su trabajo. Una de sus tareas como secretaria del abogado Leopoldo Benítez es la de comprarle el diario "El Día" todas las mañanas de camino a la oficina, aunque se tiene permitido tomar para ella las secciones de fúnebres, cocina y clasificados. Nadie sospecha la pasión interminable que la lleva a leer en su tedio cotidiano cada aviso, cada receta culinaria, cada oferta y demanda, cada muerte.
Aquella mañana ocupó una pequeña parte del clasificado el aviso de una habitación buscando una muerte. Jamás, ni en los segundos siguientes ni en los días que precedieron le pareció ridículo este aviso clasificado, sino todo lo contrario. Los lugares como dioses, testigos expectantes siempre de los destinos que llevan hacia ellos los seres con sangre. En este momento siguiendo una herencia de vidas y muertes desconocidas... Este recuerdo se le daba a contemplar una vez más.
En esa pequeña viñeta del diario "El Día", perdida entre otros cientos y miles de obreros, prostitutas, máquinas, muebles e inmuebles. La espera paciente de los espacios para que ocurra lo que debe ocurrir sobre ellos en el siempre trágico final de las criaturas. Ese aviso clasificado había perturbado de manera feroz a la joven anónima que ya nunca más dejo de visitar a la salida de su trabajo aquella calle, aquella casa, aquella puerta ciega que con una fuerza incontrolable en el pecho la arrastraba como a un autómata, aunque jamás fue tan poderosa como para hacerla llamar al otro lado.
El aviso solo una vez había sido y ya jamás ocupó un espacio en ese diario ni en ningún otro. El miedo de que ese puesto ofrecido ya hubiese sido ocupado por otro la torturaba día y noche. Sin embargo en las siguientes publicaciones, algunas frases dispersas comenzaron a leerse misteriosas sobre los clasificados, por ejemplo:
“El espejo será de un color que jamás hayas visto, las formas te serán desconocidas”.
O estas otras:
“Sumerge tu mano para la obra que se desconoce y palpa el rostro oculto que jamás se te ha de revelar”
“Siéntate con los muertos y pídeles el nombre de aquel que te ha visto una vez, cuando eras”
“Como será la que te encuentre dormida entre ilusiones que siempre se entretejen, siempre así mismas. La palabra te llama a despertar y concretar lo encomendado”.
Cuando la joven ya no esperaba nada y el tedio habitual de la rutina comenzaba a cubrirla nuevamente. Una mañana, una igual a todas, los clasificados del diario "El Día" publicaron el aviso, ese mismo aviso primero. Textual decía:
“Se necesita persona, preferentemente joven para el abandono inmediato de su vida en el domicilio de la calle 72, entre 10 y 11. La Plata. Acudir con la herramienta para dar muerte, b/ presencia. Viernes 19 hs. Puntual”.
Nadie había tomado el puesto, ella era la persona que debía llevar su vida y su muerte hacia aquella puerta que tanto respiró entre sueños. Tomó la calle 72 y siguió por la vereda sin nombre, completó otro recorrido hasta la puerta ciega que la esperaba otra vez, se camina el último circulo que la llevaba desde hace un tiempo, allí ella moriría. Esa última tarde, donde siempre es grato morir.
La sala era tenue, amueblada con síntomas de que un grave silencio la habitó por mucho, mucho tiempo. La mano que le dio paso -sospechó- era aquella que redactó el aviso en el diario y la que ahora se prestaba a darle asiento, luego esa mano desaparece para siempre. Completa la obra esa criatura que ofrece su vientre hacia un cortaplumas frío. En sangre tibia, la mano no es aquella presurosa que acudía a la puerta para recibirla y darle paso, sino la misma que tocó a ella.

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