Servicio de Terapia Intensiva. Hospital Eva Perón de Merlo, año 1965.
Desde siempre aquí junto a mi niña, agonizante me mira como si temiera que no estuviese en donde siempre, allí donde el tiempo es para mí y quizás para todos, junto a la persona que uno ama. Ella se muere, la fiebre es tan grande a veces que su espíritu pareciera salírsele por los ojos. Apoyo el revés de mi mano en su mejilla ardiente y ella se aferra para luego volver a su inconsciencia. Lo hace cautelosa, con unas manos desconfiadas, como ese ciego que acaba de descubrir su carencia e intenta tocarlo todo.
En las noches me siento al borde de su cama, mi niña me sonríe e inevitablemente yo también lo hago aunque me siento llorar como nunca en algún universo más posible. En esas noches su fiebre llega a picos de más de cuarenta grados. La enfermera es una de las peores intromisiones, como si yo no estuviese entra a cambiarla y le aplica nuevos sueros. Siempre observé de mal modo sus apariciones, sin siquiera llamar a la puerta, pareciese que desconfiara de mi o tal vez me odie.
En las noches me siento al borde de su cama, mi niña me sonríe e inevitablemente yo también lo hago aunque me siento llorar como nunca en algún universo más posible. En esas noches su fiebre llega a picos de más de cuarenta grados. La enfermera es una de las peores intromisiones, como si yo no estuviese entra a cambiarla y le aplica nuevos sueros. Siempre observé de mal modo sus apariciones, sin siquiera llamar a la puerta, pareciese que desconfiara de mi o tal vez me odie.
Siempre quise sacar a mi hija de este extraño hospital, llevarla al bosque, allí sanaría o moriría pero sería en el bosque que ella tanto sueña. Mi niña me lo propuso una vez y me señaló un cuadro, el único en la habitación donde un bosque nace de un crepúsculo. Yo nunca había visto un bosque y le dije que también quería vivir o morir en uno de esos. Después de oírme me miró de forma extraña y me obligó a prometerlo... Le prometí que la llevaría a ese bosque pero sé que realmente nunca lo haré, porque temo a lo que hay detrás de la puerta. Tengo la certeza de que si la traspaso no veré a mi hija nunca más.
En las noches –mi noche perpetua- me detengo a observar el cuadro de la pared mientras ella duerme intranquila en mi pecho. Me pregunto cómo es que nunca he visto otro cuadro, otra cama, otra habitación ¿Cómo es que mi memoria se reduce a estas cuatro paredes de hospital y a todo lo que entra y sale por ellas? Todo comienza a girar como si fuera víctima de la fiebre que atormenta a mi niña, como si hubiera descubierto algo que no me es conveniente descubrir ¿Cómo es posible que no haya visto más de cinco personas en toda mi vida? Doctores, enfermeras y la niña que duerme condenada a mi lado. ¿Cómo es posible que conozca los recuerdos de ella como si fueran míos? Sus recuerdos son mi único pasado ya que mi vida se resume a unas pocas noches a su lado. Yo solo le prometo que algún día se curará. Le prometo que algún día la sacaré de este lugar. Pero el día no existe para mí, tampoco otro lugar. Mi universo infinito se da en este cuarto de hospital como para otros se da en un planeta .
Cuando el sol entra por los resquicios que deja la cortina, ya no recuerdo que es de mí, ni que soy, que hago ni donde estoy. Solo a la noche me siento al borde de su cama y ella llora, ríe de emoción y logra abrazarme con todas sus fuerzas. Hablamos de sueños, de cuando sanará y la llevaré al bosque con sus lagos y en mi ilusión, en su ilusión, me veo reflejado en el agua. Mi imagen siempre es la misma, es la única.
Todo lo que sé es por mi hija que ahora duerme a mi lado consumida por la sed de la fiebre, mi memoria es frágil y se vuela como la ceniza. Sospecho lo que soy pero temo decirlo en voz alta y que algo terrible ocurra, como si un soñador consciente no pudiera ser y fuese quitado de la obra inmediatamente. Soy ilusión e ilusionado. Quisiera que la noche no terminase nunca, quiero estar así, oliendo su pelo, cantarle una canción que nunca escuché pero sé que a ella le gusta... Pero hay veces que quiero hablarle de lo que yo siento, de lo que pienso y cuando sé que no me escucha o cuando el día está por llegar, le hablo de mi tristeza, le hablo como hoy, siempre es hoy ¿Por qué tiene que suceder así? Hoy siempre ocurre lo terrible, siempre hoy, cuando la noche se termina me doy cuenta que no existo y sólo soy la alucinación de una niña que amo y delira en fiebre. La fiebre es mi causa y soy reflejo. Hoy sé que algún día ella sanará o morirá y cuando lo haga yo irremediablemente habré desaparecido.
En las noches –mi noche perpetua- me detengo a observar el cuadro de la pared mientras ella duerme intranquila en mi pecho. Me pregunto cómo es que nunca he visto otro cuadro, otra cama, otra habitación ¿Cómo es que mi memoria se reduce a estas cuatro paredes de hospital y a todo lo que entra y sale por ellas? Todo comienza a girar como si fuera víctima de la fiebre que atormenta a mi niña, como si hubiera descubierto algo que no me es conveniente descubrir ¿Cómo es posible que no haya visto más de cinco personas en toda mi vida? Doctores, enfermeras y la niña que duerme condenada a mi lado. ¿Cómo es posible que conozca los recuerdos de ella como si fueran míos? Sus recuerdos son mi único pasado ya que mi vida se resume a unas pocas noches a su lado. Yo solo le prometo que algún día se curará. Le prometo que algún día la sacaré de este lugar. Pero el día no existe para mí, tampoco otro lugar. Mi universo infinito se da en este cuarto de hospital como para otros se da en un planeta .
Cuando el sol entra por los resquicios que deja la cortina, ya no recuerdo que es de mí, ni que soy, que hago ni donde estoy. Solo a la noche me siento al borde de su cama y ella llora, ríe de emoción y logra abrazarme con todas sus fuerzas. Hablamos de sueños, de cuando sanará y la llevaré al bosque con sus lagos y en mi ilusión, en su ilusión, me veo reflejado en el agua. Mi imagen siempre es la misma, es la única.
Todo lo que sé es por mi hija que ahora duerme a mi lado consumida por la sed de la fiebre, mi memoria es frágil y se vuela como la ceniza. Sospecho lo que soy pero temo decirlo en voz alta y que algo terrible ocurra, como si un soñador consciente no pudiera ser y fuese quitado de la obra inmediatamente. Soy ilusión e ilusionado. Quisiera que la noche no terminase nunca, quiero estar así, oliendo su pelo, cantarle una canción que nunca escuché pero sé que a ella le gusta... Pero hay veces que quiero hablarle de lo que yo siento, de lo que pienso y cuando sé que no me escucha o cuando el día está por llegar, le hablo de mi tristeza, le hablo como hoy, siempre es hoy ¿Por qué tiene que suceder así? Hoy siempre ocurre lo terrible, siempre hoy, cuando la noche se termina me doy cuenta que no existo y sólo soy la alucinación de una niña que amo y delira en fiebre. La fiebre es mi causa y soy reflejo. Hoy sé que algún día ella sanará o morirá y cuando lo haga yo irremediablemente habré desaparecido.
Se termina la última noche y las sombras no son de día. Nunca veré un bosque a no ser por el cuadro que pende de un clavo oculto. El sol comienza a atravesar la ventana como un sitiador enardecido por la victoria, un hilo de luz da en su rostro.La fiebre desciende como todas las mañanas. Yo desapareceré y mi hija me olvidará.

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